¿De verdad la tecnología nos facilita la vida o nos ata una soga invisible al cuello? ¿Cuánto malestar digital somos capaces de normalizar antes de darnos cuenta de que ya nos está pasando factura?
¿Qué es el Bienestar Digital y por qué es importante? ¿Cómo puede mejorar?
Dice la sabiduría popular que no hay rosa sin espinas. Que todo en la vida tiene su cara y su cruz.
La digitalización no es una excepción. Es, bien al contrario, el mejor ejemplo de ella.
Porque, aunque hoy tenemos más herramientas para ahorrar tiempo, parece que cada vez es más difícil sentir que lo ganamos.
Porque, aunque trabajamos más, terminamos menos satisfechos al final del día.
Porque, aunque nuestra conexión con otros ha crecido, también se han incrementado la soledad, la confusión y el conflicto.
Dime si tú nunca te has visto en alguna de éstas:
Coges un minuto el móvil “solo para mirar una cosa”: Un WhatsApp, un cómo va el partido del Estudiantes, una notificación de una app que ni recordabas tener… Cuando levantas la vista han pasado veinte minutos. No has hecho nada y, sin embargo, allí has estado.
Y te preguntas: ¿De verdad era eso lo que quería hacer con mi tiempo?
Cierras el PC sin haber parado en todo el día y pero con la sensación de no haber hecho casi nada de lo que de verdad tenías que hacer. Has contestado correos, enviado mensajes, asistido a todas las convocatorias que marcaba tu agenda y resuelto mil urgencias que no eran tan urgentes, pero no has avanzado. Y encima, aún tienes trabajo vibrando en el bolsillo.
Y te preguntas: ¿Es mi “disposición permanente” realmente productiva?
Abres Instagram, Facebook, Twitter, TikTok, o el grupo de WhatsApp de amigos del colegio para distraerte cinco minutos. Y acabas pasando media hora entre vacaciones perfectas, indignación de desconocidos, discusiones políticas (o deportivas) convertidas en combate, noticias impactantes que tomas por ciertas, opiniones rotundas sobre algo que ayer ni sabías que existía… y una sensación incómoda de que todo el mundo tiene una vida más interesante, más clara o más intensa que la tuya.
Y te preguntas: ¿Estar más conectado me lleva a “recargar mis pilas”?
De lo que ninguno dudamos hoy es de que, la tecnología
- Amplía nuestras capacidades… a costa de poner a prueba nuestro equilibrio.
- Nos da superpoderes… que nos desgastan como nada lo hizo nunca antes.
- Promete oportunidades nunca antes imaginadas… a unos costes que no alcanzamos a asumir.
- Nos potencia… con la misma fuerza que nos tensiona.
Nunca habíamos tenido tanto poder tecnológico en las manos, ni tantas dificultades para sostenerlo sin desgaste.
La gran paradoja digital es que las mismas herramientas que nos hacen más capaces pueden hacernos también más frágiles y vulnerables
A todos nos queda meridianamente claro ya que la tecnología es, al mismo tiempo, palanca de expansión y fuente de desgaste. Nos da capacidades inéditas, pero también introduce nuevas exigencias. Nos facilita la vida, pero también la acelera, la fragmenta y la complica. La digitalización, de hecho, nos ha otorgado algo muy parecido a superpoderes: omnipresencia de la información, hiperconectividad, automatización, sociabilidad extendida, una nueva relación con el tiempo (marcada por la inmediatez y la asincronía), disociación del espacio físico y una trazabilidad casi total de nuestras acciones e interacciones.
Nunca habíamos podido hacer tanto, tan rápido y desde tantos lugares a la vez.
Pero esa misma potencia tiene un coste.
La abundancia informativa se transforma con facilidad en sobrecarga cognitiva y fatiga mental. La multitarea y la interrupción constante erosionan la atención. La velocidad y la conectividad permanente alimentan la sensación de inabordabilidad. Y las dinámicas sociales digitales intensifican fenómenos como la comparación ascendente, el FOMO (miedo a perderse algo o Fear Of Missing Out), el postureo, la exposición a ataques o la dificultad para desconectar. A ello se suman riesgos colectivos nada menores: manipulación, cámaras de eco, polarización o Fake News.
Por eso hablar hoy de bienestar digital no es hablar solo de usar mejor la tecnología, sino de entender una tensión de fondo que pasa por aprovechar su enorme capacidad de ampliarnos sin quedar atrapados en las formas de malestar que ella misma genera.
Escucho con atención, en la revista TELOS de Fundación Telefónica, las palabras de Francisco Santaolaya, presidente de Consejo General de Psicología de España: “No hay salud física sin salud mental. Y no hay salud mental sin salud digital” .
Me resuenan.
Y como la tecnología está ya casi el mismo aire que respiramos, omnipresente en todos los momentos y espacios de nuestra vida, me pongo manos a la obra a tratar de desenredar la madeja del Bienestar Digital.
Foco en adultos y triple perspectiva
Comienzo aclarando que, en este análisis pondré el foco en la experiencia digital de las personas adultas.
No porque el impacto de la tecnología en niños y adolescentes sea menor, sino precisamente porque éste merece un tratamiento específico: su cerebro aún está en desarrollo, sus procesos de autorregulación son distintos y los riesgos, mediaciones y necesidades educativas también lo son. Se trata, además, de un campo ampliamente estudiado y con abundante literatura especializada, por lo que requiere un abordaje propio.
Aquí me interesa centrar la mirada en un grupo del que se habla menos en estos términos: los adultos en general y los adultos senior en particular. Porque es el grupo del que yo formo parte y porque es hoy el que sostiene buena parte de la vida laboral, social y familiar en entornos digitalizados. Nos queda (espero) mucha vida por delante para vivirla sin tratar de sintonizarnos de una manera más óptima con la sociedad digital.
Para abordar el bienestar digital, yo creo que conviene mirar el problema desde, al menos, tres planos complementarios.
En el plano personal y cotidiano, en el que interesa observar cómo la hiperconexión, la fatiga mental y ciertos hábitos digitales ya normalizados van moldeando nuestra vida casi sin que lo advirtamos: interrupciones constantes, sobrecarga cognitiva, ansiedad difusa, déficit de atención y una creciente dificultad para desconectar forman parte de esa “adaptación silenciosa”.
En el plano laboral y organizativo, el análisis necesita desplazarse hacia el modo en que la tecnología reconfigura el trabajo, la productividad, la disponibilidad permanente, el riesgo de burnout y, en último término, la propia cultura corporativa. Y cómo esta “reconfiguración” del mercado laboral nos afecta a todos, formemos parte de él o no.
Y en el plano social y cultural, la cuestión se amplía todavía más: ya no se trata solo de cómo usamos dispositivos o plataformas, sino de cómo la lógica digital está reorganizando nuestra atención, nuestra relación con el tiempo, nuestras formas de vínculo, nuestra identidad y autoestima y hasta la manera en que interpretamos la realidad.
Pero, empezando por el principio, vamos antes a tratar de definir qué es el Bienestar.
El bienestar subjetivo
Tradicionalmente el bienestar ha sido analizado desde dos enfoques diferentes, habiéndose identificado y diferenciado claramente un bienestar objetivo, o enfocado en las características necesarias para una buena vida y un bienestar subjetivo, o bienestar percibido por cada persona.
El concepto de bienestar subjetivo surge en la psicología estadounidense en la década de 1950 para referirse al estudio de las opiniones que los individuos tienen sobre su propio bienestar y a cómo las personas evalúan su vida.
Se trata de una evaluación holística de la calidad de vida de un individuo que se basa en criterios internos, siendo un indicador psicológico importante y completo de la calidad de vida. Implica tanto juicios cognitivos de satisfacción (bienestar cognitivo subjetivo) como evaluaciones afectivas del estado de ánimo y las emociones propias (bienestar afectivo subjetivo). Altos niveles de bienestar subjetivo se caracterizan por una mayor frecuencia de afectos positivos que negativos y un sentido global de satisfacción con la vida.
Son muchos los trabajos de investigación que determinan cómo el bienestar subjetivo es uno de los objetivos más importantes que las personas buscan a lo largo de su vida ya que lo definen como algo «extraordinariamente importante y valioso» para ellos, incluso por encima de la riqueza o la bondad moral (Diener, 2000; King y Napa, 1998).
Por tanto, podemos afirmar que experimentar altos niveles de bienestar subjetivo es, para la mayoría de las personas, un fin en sí mismo.
Y también que un mayor bienestar subjetivo conduce a resultados positivos en términos de salud y longevidad, relaciones sociales, productividad y éxito, e incluso de niveles de ingresos futuros.
Se ha demostrado que el bienestar subjetivo mantiene una correlación con las características sociodemográficas, como el sexo, los ingresos, la edad y el nivel educativo. Pero también que la autoconfianza y la autocompasión (actitud positiva y cariñosa de una persona hacia sí misma frente a los fracasos y las deficiencias individuales) juegan un papel muy destacado en él. También hay relación entre diversos componente del capital social y el bienestar subjetivo. En particular, las redes sociales, la confianza social y la confianza institucional son los componentes que presentan una mayor correlación con el bienestar subjetivo (Portela et al., 2013).
A pesar de las evidencias que indican que el bienestar subjetivo tiene una base genética, también se sabe que se puede modificar, influido por el contexto y ciertas actividades. Mientras que la genética explica el 50%, las circunstancias de vida (10%) y las actividades intencionales (40%) son responsables de la otra mitad (Lyubomirsky et al., 2005).
Habiendo entendido que, para las personas que han alcanzado un nivel razonable de bienestar objetivo solo cuenta el subjetivo, a partir de este punto, me referiré al Bienestar Subjetivo solamente como Bienestar.
Bienestar y Edad
Entre los principales factores de cambio en nuestra valoración de bienestar están la personalidad (que no es estática, ya que puede cambiar con el tiempo y afectar cómo cada persona vive y procesa sus experiencias) y los eventos de la vida, tanto los positivos como los negativos. Y, aunque las personas tenemos una cierta tendencia a la adaptación, no todos los individuos vuelven del mismo modo ni al mismo punto de equilibrio tras una experiencia significativa.
Sin embargo, la teoría de la selectividad socioemocional ofrece una clave especialmente valiosa para comprender cómo cambia el bienestar subjetivo con la edad: A medida que las personas perciben el tiempo futuro como más limitado, otorgan más valor a las metas emocionalmente significativas y afinan mejor su regulación emocional. Tienden así a reducir las experiencias emocionales negativas y a fortalecer aquellas que aportan sentido y equilibrio. La investigación sugiere que, si bien los acontecimientos positivos benefician de forma bastante similar a personas de distintas edades, los eventos negativos parecen afectar con más intensidad a los adultos jóvenes y de mediana edad.
Lejos de significar que los mayores sufran menos experiencias adversas, a lo que apunta esta evidencia es a que suelen contar con mejores recursos para amortiguar su impacto emocional.
En esa línea, tanto el modelo de selección, optimización y compensación como la teoría de la selectividad socioemocional coinciden en una idea de fondo: en la vejez pueden desarrollarse estrategias más eficaces para regular las emociones, reajustar metas y compensar pérdidas, lo que ayuda a preservar el bienestar subjetivo incluso en contextos de dificultad.
De la investigación surge una idea que, en gran media, choca con esa idea de que son los “nativos digitales” quienes lo tienen más fácil: Somos los adultos mayores quienes arrancamos mejor pertrechados emocionalmente nuestro relación con la Sociedad Digital.
Con esta buena noticia entre las manos, vamos ahora a revisar el Bienestar Digital desde tres ópticas: la personal, la profesional y la social.
Empezando por la personal.
Porque toca reflexionar
¿Quién está al mando de tu atención ahora mismo?
¿Cuántas decisiones digitales tomas al día… que en realidad no decides?
¿Cuántas veces desbloqueas el móvil sin saber exactamente para qué?
¿Y cuántas veces encuentras algo que no estabas buscando… pero que ya no puedes dejar de mirar?
¿Eso es elección… o es diseño?
¿Tu entorno digital te está cuidando… o te está entrenando?
¿Te ayuda a pensar mejor… o a reaccionar más rápido?
¿Te acerca a lo que te importa… o te mantiene lo suficientemente distraído como para no preguntártelo?
¿Y si el problema no fuera el tiempo de uso?
¿Y si fuera algo más profundo: la cesión silenciosa de tu criterio, de tu foco, de tu deseo?
¿En qué momento dejamos de usar la tecnología… para empezar a ser usados por ella?
Porque el bienestar digital no tiene que ver con apagar notificaciones.
Tiene que ver con una pregunta mucho más incómoda:
¿Eres el autor o el espectador de tu vida digital?
Existe un gran debate sobre cómo afecta al bienestar subjetivo el uso de Internet.
Porque, de lo que no queda ninguna duda es que existe una correlación significativa entre ambos.
El uso de Internet influye en el bienestar subjetivo al fomentar la aparición de nuevas actividades, la distribución que las personas hacen del tiempo entre las distintas actividades, facilitar el acceso a la información y amplificar las opciones de comunicación. Ni tampoco de que los efectos de Internet en el bienestar dependen de características personales individuales, como el funcionamiento psicológico, capacidades y creencias, que hace que su uso beneficie más a algunas personas y grupos sociales.
Sobre si su efecto es positivo o negativo, hay investigaciones para todos los gustos.
Sea como fuere, de lo que no hay ninguna duda es de que, en las últimas décadas, la adopción generalizada de Internet ha suscitado muchas inquietudes acerca de su posible impacto negativo en la salud mental y el bienestar psicológico.
Aunque, empezaré diciendo que, en este terreno, abundan los desafíos metodológicos:
Como el hecho de que el uso de internet no puede medirse solo por la frecuencia o la intensidad de este, ya que los usos son múltiples y variados. Está documentado como, por ejemplo, no afecta de igual manera al bienestar la visualización prolongada y pasiva en las redes sociales que el uso de internet para trabajar o estudiar.
O como que la capacidad de Internet para facilitar las conexiones interpersonales se ve reforzada por el carácter relacional de la red. Pues las personas evalúan la disponibilidad de su apoyo social basándose en su cantidad de amigos, independientemente de la naturaleza precisa de esas conexiones o de los mensajes recibidos, considerando que, en general, poseer una gran cantidad de “amigos” en Internet es beneficioso
O cómo que la competencia (o falta de ella) en el uso también es determinante: un uso competente que permite seleccionar, evaluar y actuar sobre diversos contactos influye en la capacidad de las personas de adoptar en las redes una posición más central (y por tanto más influyente) o más periférica. Y quienes se posicionan en el núcleo de una red tienden a ser más felices, mientras que quienes lo hacen en la periferia tienden a serlo menos .
O, y este factor no es en absoluto desdeñable, el hecho de que la investigación sobre los efectos de Internet pudiera estar estancada por el hecho de que las empresas tecnológicas, que recopilan y analizan los datos necesarios para ella con propósitos de mejoras en marketing o en el diseño de nuevos productos, no siempre la comparten con investigadores independientes. Esto dificulta el análisis transparente y público sobre los posibles efectos nocivos de Internet y otros entornos digitales.
Sin embargo, no podemos obviar que, lo que hacemos cambia lo que somos.
Y que la tecnología está cambiando nuestros cerebros.
Veamos cómo, porque no son pocas las investigaciones rigurosas sobre cómo el uso de internet y las redes sociales está transformando los procesos cognitivos y la estructura cerebral de nuestros cerebros, alterando la forma en la que valoramos nuestra propia inteligencia.
La primera moraleja al revisar la literatura académica hace evidente que no estamos ante un simple cambio de hábitos. Sino ante un proceso mucho más profundo de reconfiguración del propio cerebro en diálogo constante con el entorno digital. Y que, para entender qué tipo de mente estamos cultivando con nuestra acción digital, conviene mirar en varias direcciones: cómo el cerebro cambia con el uso, cómo se fragmenta nuestra atención y cómo todo esto no ocurre por azar, sino por diseño.
Cómo es “el cerebro online”
El cerebro humano no es un órgano estático. Es, como demostró el neurólogo estadounidense Michael Merzenich, considerado uno de los padres de la neuroplasticidad, un sistema en permanente reconfiguración que se moldea con el uso. Literalmente. Las conexiones neuronales se fortalecen, se debilitan o desaparecen en función de lo que hacemos de forma repetida. O, dicho de otra manera: aquello a lo que prestamos atención acaba esculpiendo el cerebro que tenemos.
Por eso, ningún “gesto digital” aparentemente trivial (atender una notificación, hacer clic, cambiar de ventana en segundos) no neutro. Es práctica. Es entrenamiento cognitivo. Es reconfiguración de la arquitectura cognitiva en tiempo real.
No solo estamos usando herramientas digitales, estamos adaptando nuestro cerebro a ellas.
Y aún hay más.
El psiquiatra y divulgador Norman Doidge, conocido por acercar la neuroplasticidad al gran público, lo explicaba con una claridad casi inquietante: el cerebro no solo aprende, también se “especializa” en aquello que hace con frecuencia. Si lo entrenamos en la profundidad, profundiza. Si lo entrenamos en la dispersión, se vuelve experto en dispersarse.
Así las cosas, la siguiente pregunta parece de perogrullo.
¿En qué tipo de mente nos estamos convirtiendo como resultado de la más que frecuente interacción digital?
La frecuencia es clave, porque el cerebro, dicen, no distingue entre lo importante y lo frecuente. Y hoy, lo frecuente está profundamente mediado por lo digital.
A vista de pájaro, si aterrizamos este cambio en funciones concretas, hay dos territorios especialmente sensibles: la atención y la memoria. El uso de internet afecta nuestra atención diaria principalmente al fomentar la atención dividida y la multitarea mediática, lo cual ocurre a expensas de nuestra capacidad de concentración sostenida.
La atención, como muestran los estudios de Gloria Mark, profesora en la Universidad de California Irvine y una de las mayores expertas en comportamiento digital, se ha vuelto más fragmentada: saltamos de una tarea a otra con una frecuencia que hace apenas dos décadas habría sido impensable. No es solo que nos distraigamos más; es que nos estamos entrenando para no sostener el foco.
Y con la memoria ocurre algo igualmente revelador. El psicólogo y neurocientífico Daniel Levitin ha explicado cómo, en contextos de sobrecarga informativa, el cerebro tiende a externalizar: dejamos de retener porque confiamos en que la información estará disponible. Recordamos menos contenido… pero mejor cómo acceder a él. Esto no es necesariamente negativo, pero sí implica un desplazamiento: de una memoria que almacena a una memoria que indexa. Y en ese cambio, lo que está en juego no es solo cuánto recordamos, sino cómo pensamos con lo que recordamos.
El psicólogo Joseph Firth, doctor por la Universidad de Mánchester y uno de los investigadores más influyentes en el estudio del impacto de la tecnología en la salud mental, sintetiza estos cambios en una serie de efectos que dibujan un patrón claro: Si bien internet es una herramienta poderosa para el aprendizaje, su diseño y la forma en que interactuamos con él están «secuestrando» nuestra capacidad de atención, entrenando al cerebro para buscar estímulos constantes en lugar de mantener un enfoque profundo
Para Firth, la multitarea mediática, como define a ese ir y venir constante entre notificaciones, enlaces y estímulos, nos empuja a interactuar con múltiples fuentes de información de forma simultánea, pero superficial, con un coste directo en nuestra capacidad de atención sostenida y una mayor vulnerabilidad a distraernos con cualquier estímulo irrelevante. Afirmando que hay impacto tanto puntual como acumulativo: bastaría con una breve incursión digital para que nuestro foco se reduzca temporalmente, algo que no ocurre con actividades analógicas como la lectura en papel. A lo cual suma el hecho de cómo un uso intensivo se asocia con cambios en áreas prefrontales vinculadas al control atencional, que parecen requerir un mayor esfuerzo para filtrar distracciones. Y, como telón de fondo, emerge un comportamiento cada vez más reconocible: la compulsión por comprobar. La lógica de recompensas inmediatas vía mensajes, novedades o actualizaciones, activa circuitos dopaminérgicos que refuerzan el hábito de mirar una y otra vez, generando un bucle difícil de interrumpir y que fragmenta, aún más, nuestra experiencia mental.
Porque, como han mostrado los trabajos del los neurocientíficos, el cerebro humano no está diseñado para la multitarea real.
Lo que hacemos en realidad es alternar rápidamente entre tareas, con un coste cognitivo que rara vez percibimos pero que deja huella: más errores, menos memoria, menor capacidad de concentración sostenida.
Los estudios sobre cómo afecta la multitarea a la atención, al humor y al estrés resultan reveladores. Un informe in situ sobre la multitarea online en el trabajo que firman Microsoft y el MIT concluye que cuando trabajamos frente al ordenador cambiamos de pantalla (o sea de atención) cada 47 segundos. Los resultados mostraron que las personas muy proclives a la multitarea, los denominados heavy multitaskers, eran los más propensos a la distracción y los que tenían menor capacidad de concentración.
Linda Stone, miembro del consejo asesor del MIT Media Lab, ha desarrollado un interesante concepto: la Atención Parcial Continua (APC) que conceptualiza el hecho de prestar atención a varias fuentes de información pero de manera absolutamente superficial. Y demuestra cómo esta actitud de conexión permanente para no perdernos nada nos pasa factura en forma de estrés y cómo pone en riesgo nuestra capacidad para tomar decisiones. O nuestra creatividad, donde la capacidad de prestar atención sostenida y en profundidad es lo que da pie a la creatividad y propicia que surjan ideas realmente novedosas.
Aunque, antes de que te lleves las manos a la cabeza, déjame mostrarte la otra cara de la moneda.
Esa cara B que pasa más desapercibida, pero donde, a menudo, andan escondidas las mejores canciones.
La buena noticia es que hay remedio: la dificultad para centrarnos es reversible. Dado que el cerebro tiene una gran capacidad para reeducarse, podemos mejorar con entrenamiento.
Ya existen cientos de técnicas de desconexión digital y de gestión de la atención.
Amén de que siempre es posible silenciar el móvil o quitarlo de en medio cuando nos sentemos a leer. Se puede cerrar el correo electrónico mientras elaboramos el plan de marketing u obligarnos a no abrir enlaces en más de cinco pestañas a la vez… Podemos hacerlo como mejor nos venga, pero seamos conscientes de que nuestro cerebro tiene un límite de atención.
Porque, ¿son siempre malas las distracciones?
Hay un debate alrededor del impacto de las nuevas tecnologías en nuestra productividad. Expertos como Enrique Dans defienden la idea de que la hiperatención nos hace más eficientes. Él nunca tiene menos de diez pestañas abiertas en su ordenador y se considera bastante productivo. Dice que hacerlo es una capacidad que se desarrolla y se entrena, que es posible aprender a gestionar las interrupciones y volver rápidamente a la tarea anterior.
Sea como fuere, el hiperestímulo ha resultado no ser del todo malo. Parece demostrado que la capacidad de comprensión lectora ha mejorado. Muchos han aprendido a “leer en diagonal” y distinguen rápidamente qué e-mail hay que contestar de modo urgente y cuál puede esperar. Hemos aprendido a interrumpirnos a nosotros mismos con un “caramelo digital” cuando la tarea nos cansa porque chequear nuestro Facebook nos relaja.
En cualquier caso si, como parece, nuestra atención es un campo de batalla de marcas y corporaciones que saben bien cómo mover los hilos para atraernos con interacciones ligeras y reforzantes, solo quienes aprendamos a cultivar nuestra concentración disfrutaremos de una mejor calidad de vida.
Lo de cómo se mueren nuestras neuronas por la gratificación daría para tanto que lo dejo para otra entrada.
Que el bosque no nos impida ver los árboles, pls
A pesar del evidente consenso de los expertos, como ocurre en todas las situaciones complejas, la cuestión no es tan monolítica.
Por ello, no obvio dos consideraciones finales:
Una: A pesar de los efectos negativos que todos hemos asumido que la digitalización está teniendo sobre nuestras capacidades cognitivas, los datos son tozudos. Y la hipótesis de que la tecnología tiene efectos adversos sigue sin estar suficientemente corroborada. Al examinar los cambios en el bienestar y la salud mental en los últimos veinte años se observa que los países con mayor adopción de Internet no exhiben necesariamente los niveles más bajos de bienestar y salud mental.
Y dos.
Aunque se encuentran pocas diferencias de género, y a pesar de la escasez de estudios que detallen el efecto del uso de internet en los distintos grupos de edad, se encuentran algunas pruebas que sugieren que la adopción de Internet se asocia más negativamente con la salud mental en los jóvenes que en la de los grupos de mayor edad (cuyas asociaciones fueron, en algunos casos, positivas). Casi todas las investigaciones coinciden en afirmar cómo niños y adolescentes son especialmente sensibles a estos efectos. Los estudios longitudinales muestran que la multitarea mediática frecuente predice el desarrollo de déficits de atención en la adolescencia temprana, una etapa crucial para el refinamiento de las funciones cognitivas superiores.
Y algunos mitos se caen aún más al hablar de los grupos de mayore edad: Las personas mayores que organizan comunidades virtuales disfrutan activamente de niveles más altos de bienestar subjetivo, reduciendo los posibles efectos negativos de situaciones de soledad no deseada.
Consideraciones, ambas dos, que me llevan a nuevas preguntas
¿Hasta qué punto el analizar el impacto del mundo digital en nuestros cerebros como un bloque monolítico y en cierta medida, peligroso, adictivo o empobrecedor nos hará perdernos las pequeñas pepitas de oro que aparecen en contextos concretos?
¿En qué medida nuestra preocupación (legítima) por niños y adolescentes está eclipsando beneficios silenciosos en otros grupos como las personas mayores? ¿Puede ser que estemos proyectando los riesgos de unos sobre las oportunidades de otros?
¿Dónde quedan las experiencias que no encajan en el relato dominante?
¿Y si para alguien mayor, compartir una foto no es banalidad… sino identidad, memoria, vínculo?
¿Y si un grupo de WhatsApp no es ruido… sino comunidad?
¿Y si lo que para unos es distracción… para otros es compañía?
¿Estamos afinando lo suficiente la mirada como para distinguir contextos, edades, usos… o preferimos quedarnos en diagnósticos cómodos y generales? ¿tenemos la sensibilidad (y el rigor) para ver lo que realmente está ocurriendo en cada caso?
No puedo cerrar sin compartir unas notas sobre la mirada que, durante mi investigación doctoral, he realizado al bienestar digital de los mayores.
Mayores, Internet y Bienestar Digital
Porque cada vez hay más estudios que apuntan a algo que, en el fondo, intuimos: para muchas personas mayores, Internet puede ser una ventana que reduce la sensación de soledad. Ahora bien, la historia no es tan simple. Y aunque la relación positiva de la actividad digital sobre la soledad no deseada existe, no siempre es tan directa ni tan fuerte como nos gustaría.
De hecho, muchos investigadores coinciden en que todavía necesitamos entender mejor qué está pasando realmente y en qué condiciones ese efecto es positivo.
Por eso, cuando se baja al detalle, aparecen matices interesantes. Por ejemplo, algunos estudios cualitativos muestran que algo tan cotidiano como compartir fotos en redes sociales puede tener un impacto real en el bienestar. No por la tecnología en sí, sino por lo que permite: mirarse, representarse, compartir la propia experiencia. Es decir, convertir lo individual en algo colectivo. Y en ese proceso, las relaciones no solo se mantienen: a veces se crean, se refuerzan… o incluso se rompen.
Otros trabajos, como un análisis a gran escala realizado en China apuntan en la misma dirección pero añaden complejidad. Sí, hay una relación positiva entre el uso de Internet y el bienestar subjetivo. Pero no todos lo usamos igual ni obtenemos lo mismo. Las personas de mediana edad parecen beneficiarse de redes amplias y uso frecuente, mientras que los jóvenes y los mayores encuentran más valor en interacciones más organizadas, más “de grupo”. Traducido: importa no es solo estar conectado, sino cómo estás conectado.
También entra en juego la calidad del uso. Es obvio que no basta con usar más Internet. De hecho, más uso no siempre implica más bienestar. Lo que marca la diferencia es la habilidad: saber moverse, buscar, seleccionar. Todos los datos apuntan a que, cuando hay competencia digital, el impacto positivo crece. Cuando no, la tecnología puede quedarse en superficie o incluso generar frustración.
Si miramos el conjunto de la investigación, como hace la revisión de Casanova et al. (2021), el mensaje es claro pero matizado: el uso de Internet y redes sociales suele asociarse con menos soledad, más autoestima y mayor sensación de conexión. Pero los efectos son, muchas veces, modestos. Y además, difíciles de aislar. Incluso los resultados no siempre son consistentes. Algunos estudios encuentran mejoras claras; otros apenas detectan cambios, aunque sí pequeñas tendencias positivas. Pero todos abren nuevas e interesantes preguntas: ¿Es la tecnología lo que mejora el bienestar o el tipo de persona que decide usarla? ¿Es el uso en sí o todo lo que lo rodea, como aprender algo nuevo o sentirse capaz?
Y, por último, aparece una variable la mar de interesante: el esfuerzo. Dado que mantener relaciones (ni online ni cara a cara) es gratis cognitivamente hablando, resulta que, a medida que envejecemos, somos más selectivos. Y si la interacción requiere más esfuerzo del que compensa, simplemente dejamos de participar.
Lógico 🙂
En conjunto, la idea que emerge es que ni internet ni los canales de relación y socialización digital (momento para recordad que las redes sociales no son el único) no son, por sí mismos, la solución a la soledad ni al bienestar. Pueden abrir puertas, facilitar vínculos y generar espacios de conexión pero lo que ocurre dentro de esos espacios, y el impacto que esto tiene, depende de algo profundamente humano: caracteres, habilidades, motivaciones e ilusión. Y, en última instancia, de cómo cada persona decide habitarlos.
Yo lo tengo claro: La madre de todos los cambios no está en qué tecnología usamos sino en cómo nos relacionamos con los demás a través de ella.
Lo que empezó como una herramienta para conectar empieza a redefinir qué significa conectar.
Porque cuando la interacción se digitaliza, no solo está cambiando el canal. Cambian los ritmos, las señales, las expectativas…
Y, en última instancia, la forma en la que construimos confianza, pertenencia y colaboración.
Y quizá es ahí donde las preguntas realmente importantes empiezan a aparecer.
¿Y si el bienestar no fuera más una cuestión individual, sino una cuestión nos relacionamos? ¿Qué tipo de vínculos estamos construyendo cuando una parte creciente de nuestras interacciones pasa por pantallas? ¿Estamos ampliando nuestras oportunidades de conexión? ¿Estamos empobreciendo lo que podría llegar a significar el poder estar realmente conectados?
Y aquí, ninguna esfera puede quedar fuera.
En el mundo del trabajo, donde tienen lugar una gran parte de nuestras relaciones ¿No nos toca ya preguntarnos en serio qué implica colaborar, confiar o pertenecer a una comunidad digital? ¿Estamos ganando eficiencia a costa de perder matices humanos que aún no sabemos medir?
Ante esta socialización cada vez más digitalizada, ¿estamos diseñando entornos que fortalecen nuestra identidad y nuestras relaciones?
O tal vez solo nos estemos adaptando poco a poco a reglas que marcan otros y que no hemos aprendido (aún) a cuestionar.
#SigoExplorando
